¿Será posible otra forma de hacer política?
Publicado por
Diana Duque Muñoz
viernes, 7 de septiembre de 2012
Lo primero que me place escribir, es un intento de ordenar ideas alrededor de una conversación que sostuve hace poco durante un viaje en avión con un amigo. Le decía que a mi me preocupa un tanto eso de la ética y la política y que por tal razón, no sabía qué lugar ocupar en ella: si la de activista que aspira a cargos públicos, la de activista llana o la de académica que estudia, filosofa y opina. Una cosa sí tengo muy clara: yo no quiero ser una política tradicional.
En
una de tantas reuniones con gente interesante, pensaba para mis adentros que yo
quería y necesitaba aprender mucho, pero que definitivamente no quería ser como
los políticos calcados de un antiguo y cómodo estilo. Esa forma de hablar tan plana
que una escucha y le da sueño y se duerme y ronca y babea y vuelve a despertar
y todavía el sujeto está hablando, me da comezón. Diferente a la mujer aquella
que sabe meter chistes en medio del discurso y que me ha hecho poner
melancólica todas las veces que he visto uno de sus discursos –mi favorito- en
youtube. Para ser política, creo yo, una tendría que poder ser espontánea,
hablar normal, como la gente, para poderse comunicar con la gente, para que la
gente la entienda. Pero sabemos que el lenguaje también denota poder, así que
para muchos decir palabras enrevesadas en tonos chillones es la regla. Me
atrevo a sugerir yo, que eso es quizá puro pánico a mostrarse como son, pura
inseguridad y falta de verraquera para ser genuinos y coherentes con sus postulados
aunque estos no sean tan populistas.
Es
que cuando uno no es capaz de mostrarse como es, uno se mete en moldes y cuando
se mete en moldes se borra. ¿Por qué habríamos de mirar entonces a uno que es
igual a tantos? ¿Qué nuevo nos podría ofrecer?
La
gente suele meterse en el molde de la política tradicional, y si a estas
alturas usted se pregunta qué carajos entiendo yo por política tradicional,
pues le aclaro que es esa de la que todo el mundo en este país está
desencantado, a la que nadie le cree, la
que es sinónimo de mentira y oportunismo, engaño y corrupción, esa misma que le
cierra los oídos a la gente, esa que le da a uno rabiecita cuando la identifica
porque sabe que nada pasará, que todo es paja. Ah, esa que otros llaman
“politiquera” aunque conociendo el término le aclaro que no me sirve porque no
alcanza a encerrar en ella todo lo que yo defino. ¿Aún así no sabe usted cuál
es? Un político –hombre o mujer- tradicional habla con palabras rebuscadas,
tonos de voz falsos que quisieran contagiar a la gente de emociones –tal vez para
despertar sensaciones y que no se fijen en el contenido de sus palabras- un
político tradicional es de esos que se mantienen encachacados, que no pisan el
monte, ni la casa de los campesinos sino cuando necesitan votos, no cumplen
nada de lo que dicen, no saben en realidad cómo vive la gente, ni qué le pasa y
muchas veces tampoco les interesa. Pero téngalo muy presente: éste es el
resultado de una forma de asumir el poder, de toda una construcción cultural
del poder que produce estas pequeñas características, las cuales tienen
profundas raíces en nuestra sociedad. De manera que no se sienta usted alentado
a despotricar de estas personas –yo tampoco estoy autorizada- porque si están
es porque funciona y si funciona es porque no son ellos solitos, sino todo un
entramado social en el cual estamos metidos.
Pero,
aquí, me disculpa, no vamos a ahondar sobre qué eso de los políticos
tradicionales porque como le advertí en la introducción, poco interés tengo en
crear conceptos. Venía diciendo que esta gente se mete en los moldes porque
piensan que así debería ser la política porque no tienen otra construcción de
ella.
Y
¿Qué otra construcción de la política se puede tener si no parece haber una
reflexión misma desde el poder? Ahí es cuando se me sale la feminista para
decir que yo le agradezco mucho a las mujeres que me hayan enseñado que la
política se pasa por el cuerpo, que lo personal es político y que el poder no
lo leemos nosotras como la imposición sobre otros, sino como la capacidad de
autonomía de cada una. Es decir, se asume la política como la que pasa primero
por el cuerpo, la cotidianidad y la forma de ver el mundo de cada uno/a. La
política es primero la relación de una con una misma y a partir de ahí se
encuentra con los otros y las otras, para convertirse, en aquellas cosas que se
comparten, y que por lo tanto convierten lo personal en político. La política
pensada desde aquí, nace primero de la construcción de autonomía del propio ser
para cuestionar el propio pensamiento y la construcción de sí, de su relación
con los y las demás y finalmente, situarse de forma consciente frente al lugar
que ocupa uno como ser político en la sociedad.
Sin
embargo, cuando uno da una mirada panorámica de las relaciones de poder, lo que
más se ve es gente que simplemente quiere plata, llamar la atención y ser
famosa. En medio de esto se dan unas relaciones tan complejas… ¡a veces tan sucias!.
Alrededor de los cúmulos de poder, o de los personajes que lo representan,
suele haber –no generalizo- un montón de gente desesperada por llamar la
atención. Adulan porque adular es dar y cuando se da se deja al otro con la
deuda, de manera que se trata de disminuir un poco el poder el otro para tratar
de ponerse a la par con él. Alrededor de la gente que tiene lugares
privilegiados de poder, suele haber gente chismosa, niños pataletudos que se
sienten celosos, tienen envidias, hacen jugadas sucias por tumbar a los demás a
su lado y si pueden, a la primera oportunidad buscarán darle jaque al que está
a la cabeza.
Me
daba tristeza pensar en esto y que un día yo estuviera ahí, ¿no cree usted que
se debe sentir mucha soledad? Los seres humanos suelen coger al líder como
cordero expiatorio, para consignar en él todas las frustraciones propias, todo
lo que no pueden ser ellos y esperan que lo sea el líder. La o lo suben en una
cima helada en la que se queda solo y le quitan el derecho a ser humano: a
equivocarse, a llorar, a enojarse, a tener privacidad. Es de hecho gracioso que
el sentido de la “diplomacia” pretenda privar a los seres humanos de estas
expresiones, el poder se asemeja a una figura de deshumanización del líder para
asemejarlo a la idea que tienen consciente o inconscientemente de dios, oh
paradoja: un dios que cuyos atributos son humanos.
Volviendo
al tema de la adulación, ¿se imagina usted saber que lo adularán no porque
necesariamente lo quieran sino porque esperan favores de usted? ¿Que no pudiera
confiar demasiado en la gente porque en cualquier momento se lo comen vivo? Por
eso Maquiavelo decía que el hombre es un lobo para el hombre.
Le
confesaba entonces al amigo que, a veces pensaba que tanta suciedad me cansa de
antemano porque aborrezco la hipocresía, y que tal vez por eso yo no pueda
optar por esos cargos públicos. Pero él
me decía que a veces la gente hace eso por defenderse. Entonces puso de
manifiesto algo elemental: es que cuando usted está en un sistema, le toca
hacer las cosas desde ahí porque si se sale se queda excluido del todo. Es como
intentar no ser capitalista cuando todo el sistema está organizado así y cuando
no se tienen oportunidades reales para cambiar las cosas –presiento que sobre
esta afirmación van a saltar varios-. Es decir, una golondrina no hace verano.
Le
decía también que al mismo tiempo me preguntaba si habría una opción real de
hacer otra política, una política diferente, más humana, más ética, más
respetuosa de los otros y las otras, pero sobre todo menos violenta con uno
mismo y los demás. A mi se me ocurría
que esta tendría que partir desde un replanteamiento del poder, una
construcción del mismo como la mencionaba arriba, y le decía que me preocupa aún de nuestros
compañeros y compañeras, que tenemos que luchar con varias esferas de poder
para lograr generar cambios, estas son:
1.
La oposición que suele ser cochina en sus actos.
2.
La gente al interior –parte de ella, no toda- de
nuestros movimientos que está desesperada por el poder más que por hacer
3.
La cultura misma que nos ha enseñado a ver el
mundo desde unos códigos y unas formas naturalizadas que a veces nos hacen
pensar imposible otra forma de hacer la política.
A
todas estas ¿Cómo construir una política diferente? Le preguntaba y ambos
divagábamos en respuestas, a mí se me ocurre que esa política diferente tiene
que ser más humanista… no, humanista no recoge todo el sentido porque entonces
me vienen a la mente los animales a reclamar su lugar. Esta política tiene que
ser una política más coherente con la
vida, más respetuosa de ella, de la diversidad, de la diferencia, tiene que
replantearse el poder no a partir de la subordinación sino a partir de la
capacidad de autonomía que tiene uno consigo mismo y frente a los demás. Sobre
todo, tendría que deconstruir esa idea colonialista que pone al ser humano como
dueño y señor de la vida y la tierra, para hacerlo parte de un todo, una parte
que debe relacionarse no desde la imposición de la fuerza, sino desde el
cuidado del equilibrio y la equidad.
Esta,
tiene que ser una política en la que el ser humano deje de ser un lobo para el
mismo y uno pueda tranquilizarse más consigo mismo y con los otros. Una en la
que primen los valores humanos (no sólo cívicos o los conocimientos académicos)
y se pueda amar y uno pueda ser amado, en la que la muerte no sea el remedio
para silenciar los ideales, en la que todo esto que estoy pensado deje de
acusarse romántico y pueda ser natural, como ahora lo es el devorar a los otros
y las otras. Esta política tendría que estar basada en conclusión en el
replanteamiento de las relaciones de poder: del individuo consigo mismo, con el
entorno, con los otros y las otras, y de la sociedad. De aquí nace una pregunta
aún mayor, si es cierto que la guerra y la violencia son inherentes al ser
humano. La antropóloga austriaca Riane Eisler en su libro El Cáliz y la Espada
Nuestra Historia Nuestro Futuro, sugiere que hemos naturalizado la guerra
porque la hemos justificado dando una mirada al pasado desde la preconcepción
actual de que la misma es natural, pero que la humanidad no siempre ha sido así
y la violencia, la guerra la imposición del poder por la fuerza no son
naturales, nacen de la idea de subordinar la tierra y a la mujer en pos de una
producción controlada y que elimina la deidad de la vida para convertirla en
una máquina de producción, en una propiedad.
Yo
misma reconozco que tengo que seguirlo pensando porque, me asalta la acusación
de que hay que seguir pensándose una propuesta más elaborada al dilema, pero ya
van cuatro hojas y me tengo que ir a una reunión, así que otro día será.
Mientras tanto, usted destinatario/a desconocido, ¿por qué no se lo va pensando
usted y propone? ¿Quién dijo que yo vine aquí a dar respuestas?
Diana.
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