¿Será posible otra forma de hacer política?



Lo primero que me place escribir, es un intento de ordenar ideas alrededor de una conversación que sostuve hace poco durante un viaje en avión con un amigo. Le decía que a mi me preocupa un tanto eso de la ética y la política y que por tal razón, no sabía qué lugar ocupar en ella: si la de activista que aspira a cargos públicos, la de activista llana o la de académica que estudia, filosofa y opina. Una cosa sí tengo muy clara: yo no quiero ser una política tradicional.


En una de tantas reuniones con gente interesante, pensaba para mis adentros que yo quería y necesitaba aprender mucho, pero que definitivamente no quería ser como los políticos calcados de un antiguo y cómodo estilo. Esa forma de hablar tan plana que una escucha y le da sueño y se duerme y ronca y babea y vuelve a despertar y todavía el sujeto está hablando, me da comezón. Diferente a la mujer aquella que sabe meter chistes en medio del discurso y que me ha hecho poner melancólica todas las veces que he visto uno de sus discursos –mi favorito- en youtube. Para ser política, creo yo, una tendría que poder ser espontánea, hablar normal, como la gente, para poderse comunicar con la gente, para que la gente la entienda. Pero sabemos que el lenguaje también denota poder, así que para muchos decir palabras enrevesadas en tonos chillones es la regla. Me atrevo a sugerir yo, que eso es quizá puro pánico a mostrarse como son, pura inseguridad y falta de verraquera para ser genuinos y coherentes con sus postulados aunque estos no sean tan populistas.

Es que cuando uno no es capaz de mostrarse como es, uno se mete en moldes y cuando se mete en moldes se borra. ¿Por qué habríamos de mirar entonces a uno que es igual a tantos? ¿Qué nuevo nos podría ofrecer?

La gente suele meterse en el molde de la política tradicional, y si a estas alturas usted se pregunta qué carajos entiendo yo por política tradicional, pues le aclaro que es esa de la que todo el mundo en este país está desencantado, a  la que nadie le cree, la que es sinónimo de mentira y oportunismo, engaño y corrupción, esa misma que le cierra los oídos a la gente, esa que le da a uno rabiecita cuando la identifica porque sabe que nada pasará, que todo es paja. Ah, esa que otros llaman “politiquera” aunque conociendo el término le aclaro que no me sirve porque no alcanza a encerrar en ella todo lo que yo defino. ¿Aún así no sabe usted cuál es? Un político –hombre o mujer- tradicional habla con palabras rebuscadas, tonos de voz falsos que quisieran contagiar a la gente de emociones –tal vez para despertar sensaciones y que no se fijen en el contenido de sus palabras- un político tradicional es de esos que se mantienen encachacados, que no pisan el monte, ni la casa de los campesinos sino cuando necesitan votos, no cumplen nada de lo que dicen, no saben en realidad cómo vive la gente, ni qué le pasa y muchas veces tampoco les interesa. Pero téngalo muy presente: éste es el resultado de una forma de asumir el poder, de toda una construcción cultural del poder que produce estas pequeñas características, las cuales tienen profundas raíces en nuestra sociedad. De manera que no se sienta usted alentado a despotricar de estas personas –yo tampoco estoy autorizada- porque si están es porque funciona y si funciona es porque no son ellos solitos, sino todo un entramado social en el cual estamos metidos.

Pero, aquí, me disculpa, no vamos a ahondar sobre qué eso de los políticos tradicionales porque como le advertí en la introducción, poco interés tengo en crear conceptos. Venía diciendo que esta gente se mete en los moldes porque piensan que así debería ser la política porque no tienen otra construcción de ella.

Y ¿Qué otra construcción de la política se puede tener si no parece haber una reflexión misma desde el poder? Ahí es cuando se me sale la feminista para decir que yo le agradezco mucho a las mujeres que me hayan enseñado que la política se pasa por el cuerpo, que lo personal es político y que el poder no lo leemos nosotras como la imposición sobre otros, sino como la capacidad de autonomía de cada una. Es decir, se asume la política como la que pasa primero por el cuerpo, la cotidianidad y la forma de ver el mundo de cada uno/a. La política es primero la relación de una con una misma y a partir de ahí se encuentra con los otros y las otras, para convertirse, en aquellas cosas que se comparten, y que por lo tanto convierten lo personal en político. La política pensada desde aquí, nace primero de la construcción de autonomía del propio ser para cuestionar el propio pensamiento y la construcción de sí, de su relación con los y las demás y finalmente, situarse de forma consciente frente al lugar que ocupa uno como ser político en la sociedad.

Sin embargo, cuando uno da una mirada panorámica de las relaciones de poder, lo que más se ve es gente que simplemente quiere plata, llamar la atención y ser famosa. En medio de esto se dan unas relaciones tan complejas… ¡a veces tan sucias!. Alrededor de los cúmulos de poder, o de los personajes que lo representan, suele haber –no generalizo- un montón de gente desesperada por llamar la atención. Adulan porque adular es dar y cuando se da se deja al otro con la deuda, de manera que se trata de disminuir un poco el poder el otro para tratar de ponerse a la par con él. Alrededor de la gente que tiene lugares privilegiados de poder, suele haber gente chismosa, niños pataletudos que se sienten celosos, tienen envidias, hacen jugadas sucias por tumbar a los demás a su lado y si pueden, a la primera oportunidad buscarán darle jaque al que está a la cabeza.

Me daba tristeza pensar en esto y que un día yo estuviera ahí, ¿no cree usted que se debe sentir mucha soledad? Los seres humanos suelen coger al líder como cordero expiatorio, para consignar en él todas las frustraciones propias, todo lo que no pueden ser ellos y esperan que lo sea el líder. La o lo suben en una cima helada en la que se queda solo y le quitan el derecho a ser humano: a equivocarse, a llorar, a enojarse, a tener privacidad. Es de hecho gracioso que el sentido de la “diplomacia” pretenda privar a los seres humanos de estas expresiones, el poder se asemeja a una figura de deshumanización del líder para asemejarlo a la idea que tienen consciente o inconscientemente de dios, oh paradoja: un dios que cuyos atributos son humanos.

Volviendo al tema de la adulación, ¿se imagina usted saber que lo adularán no porque necesariamente lo quieran sino porque esperan favores de usted? ¿Que no pudiera confiar demasiado en la gente porque en cualquier momento se lo comen vivo? Por eso Maquiavelo decía que el hombre es un lobo para el hombre.

Le confesaba entonces al amigo que, a veces pensaba que tanta suciedad me cansa de antemano porque aborrezco la hipocresía, y que tal vez por eso yo no pueda optar por esos cargos públicos.  Pero él me decía que a veces la gente hace eso por defenderse. Entonces puso de manifiesto algo elemental: es que cuando usted está en un sistema, le toca hacer las cosas desde ahí porque si se sale se queda excluido del todo. Es como intentar no ser capitalista cuando todo el sistema está organizado así y cuando no se tienen oportunidades reales para cambiar las cosas –presiento que sobre esta afirmación van a saltar varios-. Es decir, una golondrina no hace verano.  

Le decía también que al mismo tiempo me preguntaba si habría una opción real de hacer otra política, una política diferente, más humana, más ética, más respetuosa de los otros y las otras, pero sobre todo menos violenta con uno mismo y los demás.  A mi se me ocurría que esta tendría que partir desde un replanteamiento del poder, una construcción del mismo como la mencionaba arriba, y  le decía que me preocupa aún de nuestros compañeros y compañeras, que tenemos que luchar con varias esferas de poder para lograr generar cambios, estas son:

1.     La oposición que suele ser cochina en sus actos.
2.     La gente al interior –parte de ella, no toda- de nuestros movimientos que está desesperada por el poder más que por hacer
3.     La cultura misma que nos ha enseñado a ver el mundo desde unos códigos y unas formas naturalizadas que a veces nos hacen pensar imposible otra forma de hacer la política.

A todas estas ¿Cómo construir una política diferente? Le preguntaba y ambos divagábamos en respuestas, a mí se me ocurre que esa política diferente tiene que ser más humanista… no, humanista no recoge todo el sentido porque entonces me vienen a la mente los animales a reclamar su lugar. Esta política tiene que ser  una política más coherente con la vida, más respetuosa de ella, de la diversidad, de la diferencia, tiene que replantearse el poder no a partir de la subordinación sino a partir de la capacidad de autonomía que tiene uno consigo mismo y frente a los demás. Sobre todo, tendría que deconstruir esa idea colonialista que pone al ser humano como dueño y señor de la vida y la tierra, para hacerlo parte de un todo, una parte que debe relacionarse no desde la imposición de la fuerza, sino desde el cuidado del equilibrio y la equidad.

Esta, tiene que ser una política en la que el ser humano deje de ser un lobo para el mismo y uno pueda tranquilizarse más consigo mismo y con los otros. Una en la que primen los valores humanos (no sólo cívicos o los conocimientos académicos) y se pueda amar y uno pueda ser amado, en la que la muerte no sea el remedio para silenciar los ideales, en la que todo esto que estoy pensado deje de acusarse romántico y pueda ser natural, como ahora lo es el devorar a los otros y las otras. Esta política tendría que estar basada en conclusión en el replanteamiento de las relaciones de poder: del individuo consigo mismo, con el entorno, con los otros y las otras, y de la sociedad. De aquí nace una pregunta aún mayor, si es cierto que la guerra y la violencia son inherentes al ser humano. La antropóloga austriaca Riane Eisler en su libro El Cáliz y la Espada Nuestra Historia Nuestro Futuro, sugiere que hemos naturalizado la guerra porque la hemos justificado dando una mirada al pasado desde la preconcepción actual de que la misma es natural, pero que la humanidad no siempre ha sido así y la violencia, la guerra la imposición del poder por la fuerza no son naturales, nacen de la idea de subordinar la tierra y a la mujer en pos de una producción controlada y que elimina la deidad de la vida para convertirla en una máquina de producción, en una propiedad.

Yo misma reconozco que tengo que seguirlo pensando porque, me asalta la acusación de que hay que seguir pensándose una propuesta más elaborada al dilema, pero ya van cuatro hojas y me tengo que ir a una reunión, así que otro día será. Mientras tanto, usted destinatario/a desconocido, ¿por qué no se lo va pensando usted y propone? ¿Quién dijo que yo vine aquí a dar respuestas?

Diana.


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Diana Duque Muñoz

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Página web, directora: Estudios de Género en América Latina. www.antropologiadegenero.com

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